Crónicas Del Siglo XXI

Un placer presentaros uno de los blogs más puntero de informaciones sobre la Era de Acuario. Todo sobre los grandes cambios en curso. Nuestra meta es reconocer la Verdad de nuestra existencia humana. Las piezas están en todas las ramas del conocimiento humano, filosofía, ciencia, religión, paraciencias. Intentar reunir todas las piezas del puzzle de la Verdad para recomponerla, requiere saber aprender de todas estas ramas. Si ignoramos una parte de las piezas del puzzle, jamás podremos reconstituir la imagen completa de "La Gran Verdad" que nos une a tod@s. Quizás no la Verdad absoluta Universal Cósmica, pero sí, la pequeña Verdad de nuestra existencia humana. Muchas formas, pero un solo contenido bien definido para todo el mundo dicta nuestros caminos humanos.
Tomar consciencia de nuestra verdadera "Dimensión" es nuestra meta. Gracias por existir, bienvenid@s en Crónicas del Siglo XXI.

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Diciembre del 2007


Los secretos del Golgota. 101

Publicado el 22 de Diciembre, 2007, 12:12. en Iniciacion en audio.
Referencias (1)
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 Los secretos del Golgota, la verdad Histórica sobre este personaje tan controvertido: Jesús De Nazareth lo llamaban el Rey de los judíos, el Hijo de Dios.
Muchos hablan de Jesús pero pocos conocen esta realidad de su existencia en este planeta.
Unas verdades escondidas al gran publico para proteger los intereses de las religiones Cristianas y sus manipulaciones.
Jesús el Zelote el hijo de Hart Gamala el jefe de la revolución Zelote.
Jesús sucedimos a su padre como jefe de los Zelotes.
Quieres saber más pues no te pierdas nuestras próximas entregas sobre la Verdad de Nuestro Hermano y Maestro Jesús.
Desde las comunicaciones cósmicas se nos ha confirmado que esta historia es la real historia de Jesús, aportando el árbol genealógico de este. También aportan datos sobre su ser superior, su función y sus diferentes encarnaciones en este planeta.
Iremos divulgando  todos estos datos, acompañados de sus audios leídos en MP3.


Escucha esta parte del texto MP3:

boomp3.com

 
Primera parte
 
 
Los secretos del Gólgota
 
 

A los muertos de Massada
 
Se me reprocha que, de vez en cuando, me Entretenga con Tasso, Dante y
Ariosto. Pero ¿es que no saben que su lectura es el delicioso brebaje que me
ayuda a digerir la grosera sustancia de los estúpidos Doctores de la Iglesia?
¿Es que no saben que esos poetas me proporcionan brillantes colores, con ayuda
de los cuales soporto los absurdos de la religión? …
 
BENEDICTO XIV, papa          Respuesta al R.P. Montfaucon1
 
Introducción:
 “Un iniciado puede ser el instrumento de una fatalidad asesina, cuyo fin
escapa a nuestra comprensión.”
                                  MAURICE MAGRE, Priscilla d'Alexandrie
 
En el recinto del Templo reservado a los hombres, los judíos piadosos se habían
reunido ya, vueltos hacia el este, con la cabeza cubierta por el taleth, con
los tephilim en mano, a punto de salmodiar la oración ritual apenas despuntara
el sol: "Alabado sea, oh Eterno, nuestro Dios, Rey del Universo, Tú que creaste
la luz y conservaste las tinieblas … Alabado seas, oh Eterno, nuestro Dios, Rey
del Universo, que diste al gallo la inteligencia para distinguir el día de la
oscuridad …"
 
En la noche oscura del último día de Nisán, el oscuro terciopelo azul del cielo
estaba salpicado aún por mil diamantes. En el poniente, más oscuro, declinaban
las estrellas de Al Khus, el Arquero, mientras que en el levante, más claro ya,
se veían ascender poco a poco las de Ab Menkhir, la Ballena. Fue entonces cuando
el gran gallo solitario del Templo, el único tolerado en la Ciudad Santa, y al
que alimentaban con trigo las manos frágiles de las hijas de los cohanim, aquel
al que llamaban el Avisador, aquel gallo cantó, advirtiendo de este modo a los
levitas de guardia de la salida del sol.
 
Entonces, de toda la ciudadela Antonia se elevó un clamor ritmado. La cohorte de
la Legión I, formada en cuadrados tras su águila y sus pendones, y según era
costumbre en Siria, saludaba la aparición del sol, y los veteranos, con el brazo
derecho levantado, de cara al astro rey, repetían el triple saludo al "sol
invictus". ¿No era acaso él, bajo el nombre de Mitra, quien marchaba
invisiblemente en cabeza de ellos, asegurando así la gloria de Roma en todos los
combates?2
 
Con tonalidades azafranadas, amarantáceas y anaranjadas la creciente luz
inundaba el horizonte en amplios mantos paralelos y ascendentes, y Jerusalén,
como respondiendo a la llamada del profeta: "recuperaba su luz …"3 Pronto
llegaría el alba; el frescor nocturno se iba desvaneciendo progresivamente, y
mil olores diversos se entremezclaban al antojo de la brisa y de sus cambios de
humor, jugando como un gatito joven por callejas y encrucijadas. Al aroma de los
metzo, del ferik, de rechta o de la difna, que cocían lentamente desde la
víspera en el horno de las familias pudientes (pues Judea sufría el azote del
hambre), se añadía el olor, algo ácido, de la intimidad de las mansiones que al
fin habían vuelto a abrirse al exterior, y también el perfume de hierbas
aromáticas procedente de los cercanos bosques. En los cobertizos de las viejas
dependencias del exterior de la ciudad, sacudiéndose de su pelaje polvoriento el
frescor de la noche pasada, los pequeños asnos grises resoplaban bajo los
primeros rayos del sol, liberando el acre vapor de sus camas de paja. Y aquí,
dominándolo todo, flotaba ese poderoso olor, formado por el sudor, el cuero y
las armas engrasadas, que acompaña por doquier a los soldados.
 
Los jinetes de la I Augusta estaban, efectivamente, allí, pie a tierra, al
completo, silenciosos, en cabeza de sus monturas alineadas a lo largo de los
fosos de defensa. Detrás de ellos, en la sombra rosa y ocre de las almenadas
murallas, estaba abierta de par en par la puerta de Damasco, que ellos jamás
habían franqueado montados en sus cabalgaduras, dado que la entrada a la Ciudad
Santa estaba vedada a los caballos, tanto por respeto a las costumbres
religiosas judaicas, como por su inutilidad en una ciudad tan accidentada como
Jerusalén. Y el ala legionaria, acampada muy cerca de la ciudad, había acudido
simplemente al encuentro del tribuno de caballería, su jefe, que se había
alojado en el palacio del procurador, en una operación preliminar a un cambio de
guarnición.
 
Los hombres y sus jefes iban equipados exactamente igual que sus compañeros de a
pie. Un gran escudo oblongo cubría el flanco izquierdo del caballo, la larga
espada reglamentaria pendía de la silla al mismo lado. A su derecha el
legionario conservaba la daga corta y ancha. Pero además de la lanza de los
legionarios de a pie, éste llevaba en bandolera un carcaj de cuero con tres
venablos de hierro cortante como una navaja de afeitar.
 
Separado de ellos, cerca de un grupo de oficiales silenciosos, el Tribuno de
Caballería iba y venía lentamente: parecía estar esperando algo. De pronto se
dejaron oír los pasos de una pequeña tropa armada, chocando contra las piedras
del camino, y poco después aparecieron, a la luz del amanecer, una treintena de
hombres. Era el destacamento explorador que el Tribuno había enviado en
vanguardia.
 
La caballería de la I Augusta debía abandonar su acantonamiento próximo a
Jerusalén, donde era de poca utilidad en caso de disturbios urbanos, para ir a
instalarse en la Cesarea Marítima, en los límites de la llanura de Saron, frente
al mar. Y el Tribuno se había alegrado de abandonar Jerusalén, esa ciudad de
fanáticos, para encontrarse de nuevo con la apacibilidad de las guarniciones
romanas y también con los cuerpos cálidos y mórbidos de las cortesanas idumeas.
Porque los cuadros superiores de Roma no tenía derecho a llevar consigo a sus
esposas a los territorios de ultramar; el imperio temía, y con razón, que el
clima, al que las sensuales romanas resistían bien poco, y las influencias sobre
el carácter, ablandaran a las guarniciones legionarias.
 
No obstante, antes de emprender la marcha, al alba, por el camino sinuoso que
descendía a través del valle del Terebinto, todavía medio oscuro, y en el que
tanto jinetes como caballos constituían unas dianas ideales para los arqueros de
la disidencia judía, el tribuno de caballería había mandado un destacamento a
efectuar un reconocimiento hasta una cierta distancia. Después, una vez el sol
estuviera en lo alto, el ala legionaria cabalgaría por un terreno descubierto,
donde estaría en condiciones de responder a cualquier emboscada, y de castigar
severamente a sus eventuales agresores.
 
El centurión que estaba al mando de las tres decurias de exploradores, reordenó
las filas, ordenó el alto, y luego, rígido bajo su capa escarlata, con el brazo
derecho levantado, saludó al magistrado militar:
 
- Centurión, ¿cómo está el camino? - Tranquilo y seco, tribuno …
 
En esas regiones mediterráneas, bastante bajas de latitud, las auroras y los
crepúsculos son muy cortos. Y el sol naciente ya empezaba a lanzar sus destellos
por el horizonte, irradiando una nueva luz que abrazaba con sus rayos las
rojizas murallas de la antigua ciudad de Adoni Tsedek.
 
En lo alto, dominando la Ciudad Santa, el oro y el cobre rojo del techo y de las
gigantescas puertas del nuevo Templo lanzaban un insoportable y deslumbrante
fulgor. Y bajo el ligero calor que insidiosamente se dejaba sentir, la brisa de
pronto llevó un olor a la vez dulzón y nauseabundo.
 
Olfateando ese ligero viento con un rictus de asco, el tribuno se dirigió
lentamente hacia el ángulo del recinto nuevo, desde donde podían distinguirse, a
lo lejos, las masas de la torre Psephinos. Entre ésta y la puerta de Damasco se
elevaba un montículo que los judíos llamaban Gólgota, una palabra hebrea que
significa cráneo. Según una de sus inverosímiles leyendas, era allí donde
reposaba el cuerpo incorruptible de Adán, y era precisamente el cráneo de éste
el que estaba revestido por la tierra de aquella colina estéril. Calva como un
lugar maldito por el cielo y por los hombres, la colina tenía, tanto de día como
de noche, un aspecto siniestro. Allí era donde, de día, se precipitaban en busca
de pasto los cuervos y buitres. Allí era donde, de noche, merodeaban con el
mismo fin el chacal y la hiena. Pues así es el destino de los lugares de
ejecución, que hace que la muerte alimente a la vida.
 
En la cima del monte calvo se erguían algunos postes patibularios, que parecían
esperar su siniestro travesaño, y también dos cruces completas, recortándose
sobre el cielo claro de Judea. El tribuno de caballería, seguido por algunos
oficiales, se acercó lentamente, y, al llegar a corta distancia, se detuvo y
miró.
 
En las cruces había dos crucificados. Estaban muertos. Y quizás ya desde la
antevíspera. Pero lejos estaban ya los tiempos en que Roma, en su tolerancia
religiosa, permitía a las familias de los condenados a muerte no esclavos que
descendieran del ignominioso patíbulo el cadáver del ser querido antes de la
puesta del sol, para, según la ley judía, "no mancillar la tierra santa de
Israel".4
 
Por eso era por lo que, apoyados sobre su lanza, con la nariz tapada por su capa
de estameña marrón, algunos soldados de la III Cyrenaica, aunque se les
revolviera el estómago, montaban una guardia, a pesar de todo vigilante, frente
al Gólgota. Y es que, por orden de Tiberio Alejandro, los cuerpos tenían que
permanecer en las cruces patibularias hasta que la putrefacción y las rapaces
hubieran llevado a término su acción natural. Así, según había declarado el
procurador, ya no se vería renacer jamás aquella absurda leyenda que había
seguido a la ejecución de Jesús, el "rey de los judíos", hijo primogénito de
Judas el Galileo, y crucificado catorce años antes, en tiempos del procurador de
Poncio Pilato. Porque sus faccionarios, los zelotes, bien corrompiendo o bien
emborrachando a la milicia del Templo encargada de la vigilancia de la tumba,
habían conseguido apartar la losa sepulcral, habían recuperado el cadáver,
previamente embalsamado con mirra y áloes para este fin, y se lo habían llevado
en secreto a Samaria, donde los judíos no podían penetrar ni efectuar pesquisa
alguna. Allí lo habían inhumado secretamente en una tumba en apariencia ocupada
ya por un tal Ioannes, al que los judíos llamaban el Bautista. Y luego sus
seguidores afirmaron que había resucitado.
 
Esta vez los creadores de leyendas lo tendrían francamente difícil, ya que no
había muchas posibilidades de que, ante los inmundos despojos que quedaran
fijados a cada uno de los patíbulos, pudieran montar semejantes fantasías.
 
Cada una de las cruces llevaba, detrás de la cabeza del crucificado, una placa
en la que se había grabado a fuego una inscripción trilingüe. En la de la
izquierda podía leerse: "Simón-bar-Judá, crímenes y bandolerismo". En la de la
derecha se había inscrito: "Jacob- bar-Juda, jefe zelote, ídem".
 
Complaciente, el tribuno comentó para aquellos de los centuriones que no sabían
leer:
 
- El de la izquierda es el famoso Simón, llamado también "la piedra"; era el
hermano de Jesús, el rey de los judíos, y le sucedió como rival de Herodes
Agripa, como pretendiente al trono de Israel. El de la derecha es Jacobo, su
otro hermano, que al final fue el preferido de sus bandas, pero su muerte
tampoco resuelve nada, porque deja un nieto, Menahem … Mientras Roma no haya
aniquilado a esta familia, no tendremos paz en estas regiones.
 
Silenciosos, envueltos en sus capas rojas, los centuriones contemplaban los
cuerpos de los ajusticiados, pues el ala legionaria acuartelada en Betania no
había ni asistido ni participado en la ejecución, ya que se le había mantenido
en reserva para el caso de que se produjeran posibles disturbios. Alrededor de
las dos cruces, manchadas por la orina y los excrementos de los condenados, se
arremolinaban enjambres de moscas zumbantes. Y el tribuno de caballería, por su
parte, revivía la espantosa escena de esa doble crucifixión.
 
Aquella mañana, muy temprano, la tuba de guardia en la ciudadela Antonia había
lanzado las notas de congregación general, notas repetidas por los otros
diversos acuartelamientos. Poco después, las rejas de la Antonia se habían
abierto a lo alto de la doble escalera de piedra, y habían aparecido, en filas
apretadas, los manípulos. Los hombres iban con equipo de asalto, llevando
únicamente la espada corta y el pilum o lanza, y el escudo al brazo izquierdo.
Habían tomado la dirección del Gólgota, lugar inhabitual de las ejecuciones,
hacia el que convergían asimismo todos los otros destacamentos. Centuria tras
centuria, el sonido rítmico de sus pasos sobre el pavimento había congregado
por las callejuelas y detrás de las ventanas a las multitudes judías de todos
los barrios próximos, silenciosas y graves.
 
Formados en cuadrado, los dos tercios de la cohorte de los veteranos se habían
colocado alrededor de la fúnebre colina, dándole la espalda y haciendo frente a
la multitud, mantenida a respetuosa distancia. De la Antonia al Gólgota las
tropas ordinarias estaban codo a codo, apretando a los curiosos contra las
murallas, y bloqueando en triple fila a aquellos que, en cantidades
innumerables, venían a amontonarse por las callejas transversales. Habían
esperado largo rato. En el intervalo, de la ciudadela había salido una carreta
tirada por un esclavo, escoltada por algunos legionarios ligeramente armados. En
la carreta había dos braseros, sacos de carbón de leña, fuelles, y media docena
de flagra, especie de grandes mazos, cuyo mango de madera se convertía en hierro
en el extremo superior y llevaba cuatro cadenitas con bolas de bronce y cuyos
anillos eran planos y oblongos. Y un largo murmullo temeroso había corrido
entonces entre la muchedumbre: "Los látigos de fuego … los látigos de fuego …".
 
Una vez llegados al Gólgota, los soldados que, según la costumbre romana, debían
ejercer el oficio de verdugos, dispusieron los braseros, colocaron carbón, los
encendieron y atizaron el fuego con ayuda de los fuelles de cuero. Cuando el
carbón no fue ya más que brasas ardientes sumergieron en él las cadenitas de los
flagra, cuidando que los mangos de madera no estuvieran al alcance de las
pavesas encendidas.
 
Bruscamente la muchedumbre se agitó, y, volviéndose, los legionarios la
retuvieron y la hicieron retroceder a golpes de escudo o de mangos de pilum.
Acababa de salir de la Antonia un nuevo cortejo.
 
Precedidos y enmarcados por los hombres de un manípulo completo, dos hombres de
edad avanzada caminaban lentamente, con el torso desnudo. Les habían bajado las
vestiduras hasta los riñones, y avanzaban con los brazos en cruz, atados a un
madero que, a la manera de yugo, reposaba sobre sus hombros y su nuca. Del
cuello de cada uno de ellos colgaba una plancha que llevaba una inscripción en
latín, griego y hebreo: la que debía figurar tras sus cruces. Sus rostros
estaban pálidos y demacrados, envueltos por una cabellera y una barba hirsutas,
sus ojos ardían de fiebre, y de sus flancos palpitantes sobresalían las
costillas.
 
El corto trayecto de la Antonia al Gólgota se realizó, en un silencio de muerte,
al paso lento de los condenados. Para dar mayor solemnidad a la doble ejecución,
Tiberio Alejandro había prohibido el habitual acompañamiento de las plañideras.
Al pie de la colina, el manípulo se detuvo bajo una orden breve, y sólo unos
pocos soldados empujaron con sus picas a los dos hombres hacia la cima, al
encuentro con sus verdugos.
 
Primero desnudaron completamente a los condenados, luego les condujeron hacia el
poste vertical de su futura cruz. Allí, de una zancadilla, les hicieron caer de
bruces, la cara contra el madero. Les sujetaron fuertemente la cintura con una
cadena, y el cuello con otra, los brazos seguían atados al travesaño que
llevaban encima. Dos parejas de verdugos sacaron, cada uno, un flagrum del fuego
del brasero y se colocaron a ambos lados de cada condenado. El situado a la
izquierda debía golpear en primer lugar, y el otro debía seguir. Volvieron la
cabeza y esperaron; el centurión exactor mortis levantó la mano, y la bajó. Los
verdugos situados a la izquierda balancearon sus cadenas, al rojo blanco, y, con
toda su fuerza, golpearon los costados de los dos condenados. Un horrible
alarido brotó del pecho de los condenados, pero los verdugos, tras un breve
lapso de tiempo, arrancaron la carne viva de los flagra, y ya los de los
segundos ejecutantes se abatían desde el otro lado, con el mismo breve lapso de
espera y el mismo golpe para su extracción de la carne. Y las elásticas y
pesadas descargas de hierro al rojo vivo continuarían abatiéndose con cadencia,
en medio de los gritos de sufrimiento y de un olor a carne chamuscada, abriendo
en los costados y riñones de los condenados largos surcos negruzcos, donde, como
delgadas lágrimas, destilaban el suero y la sangre. A intervalos regulares
volvían a introducir sus flagra en el fuego de los braseros, y los recuperaban
de nuevo cuando estaban bien rojos.
 
La ley judía (que en materia de castigo no utilizaba más que el látigo de cuero)
limitaba a treinta y nueve el número de latigazos que un condenado podía
recibir. Pero la ley romana no fijaba ningún límite en el caso de una condena a
muerte. De todos modos, y a fin de que los condenados no murieran bajo los
espantosos sufrimientos del flagra y padecieran íntegramente la crucifixión que
debía seguir, el exactor mortis responsable de la ejecución, al ver que uno de
los dos hombres se había desvanecido, ordenó al fin: "Satis …"5. Los verdugos se
detuvieron, pero no obstante uno de ellos cruzó una última vez la espalda de su
víctima. El látigo de vid del centurión silbó y le golpeó en pleno rostro. "He
dicho bastante …", exclamó airado. El hombre se llevó la mano a su cara
tumefacta, y no pronunció palabra.
 
Desataron a los condenados y los separaron de los postes. La continuación se
desarrolló como todas las crucifixiones. Se hizo beber a los dos hombres la
bebida calmante ofrecida por las mujeres de una cofradía judía que asistía a los
condenados a muerte. A continuación, sin miramientos, los pusieron espalda
contra el suelo, y la arena y la grava sucia penetraron en las heridas
supurantes, por el propio peso del cuerpo, haciendo estallar las ampollas y
arrancando largos gemidos a los dos infortunados.

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